Un libro que es un perfil compuesto a retazos. Una pieza de periódico armada con algunos de esos retazos. La narración trompicada en la superficie, en la forma.
Yasmina Reza se pasó un año siguiendo a Nicolas Sarkozy, justo hasta la noche electoral en la que se hizo con la presidencia francesa. Con aquello ha publicado un libro, El alba la tarde o la noche. Un par de semanas antes de que llegara a las librerías, El País adelantó algunos pasajes, que presentó con muchas prevenciones, como quien acomoda a un intruso después de dudarlo mucho:
Nicolas Sarkozy, la ambición hecha poder, aceptó tener una sombra durante un año, hasta que conquistó la presidencia: la escritora Yasmina Reza, autora de la mundialmente famosa obra de teatro Arte. De ahí surgió un retrato de pintor más que una fotografía, un objeto literario más que un reportaje periodístico, que aporta las claves para entender el cambio que Sarko ha llevado al Elíseo.
A pesar de la extrañeza con que el periódico acoge los textos de Yasmina Reza, reconoce que llega adonde habría querido llegar cualquiera de los periodistas de su plantilla, “aporta las claves para entender”, dice.
Es una extraña, ¿pero debería serlo? ¿Molesta que mire al otro lado de la cortina?
También en el avión de regreso de Córcega, dice a Charles Jaigu y a Philippe Ridet, periodistas de Le Figaro y Le Monde: “¡Soy al fin y al cabo una fuente inagotable para vuestros artítulos de mierda!” Lo anotamos los tres al mismo tiempo, y ellos admiten a su pesar que sólo yo podré utilizar esta ocurrencia. (p. 63)
¿En qué orilla está el periodismo? El libro esta salpicado de referencias de ese tipo. “Apretones de manos (en la cumbre) intercambiados para la realidad del papel” (p. 21). El periódico incluye con incomodidad el relato de Reza pero quizá más por el cambio en los pactos internos y con los lectores que por la verdad.
Incluso cuando Reza piensa sobre el autor literario puede el periodista encontrarse en sus palabras:
Más tarde, hablo con mi amigo Marc en un café.
De todas formas, usted le inventará. Los escritores tienen en común con los tiranos que someten el mundo a su deseo.
Digo que sí. (p. 9)