Todas las tardes, dos mujeres mayores se sientan frente a frente en el salón de un piso del barrio de Amara de San Sebastián. Son vecinas y consuegras. Una de ellas le va dando con una cucharilla y mucha paciencia un yogur de café a la otra, enferma de Alzheimer. La primera es viuda de un comandante asesinado por ETA en 1977. La segunda es la madre del terrorista Iñaki de Juana Chaos.
Con esta escena empezaba el reportaje Dos mujeres contra el odio. De ahí, como del hilo de una madeja, se va tirando hasta componer el texto. Un paisaje que prácticamente cabe en esta escena.
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Domingo de elecciones presidenciales en Rusia. No hay duda de que iba a ganar Medvédev, que se presenta resguardado bajo el ala de Putin. Y gana. ¿Pero quién es Medvédev? Para eso, La incógnita Medvédev, el perfil de Pilar Bonet en el suplemento Domingo, de El País. Arranca con una escena:
Enfundado en un ligero gabán, Dmitri Medvédev esperaba a Vladímir Putin a la intemperie en las afueras de la ciudad siberiana de Krasnoyarsk. Era el mes de noviembre de 2007 y el presidente ruso y su delfín, aún no designado como tal, fueron a inspeccionar una carretera antes de una reunión del Consejo de Estado dedicada a los transportes. Cuando Putin llegó a las obras se encerró durante largo rato con unos obreros, mientras Medvédev seguía esperando, muerto de frío. Conducido a la mejor peletería de la ciudad, se gastó 500.000 rublos (unos 14.286 euros, un poco menos de un tercio de su promedio de ingresos anuales durante los últimos cuatro años) en un abrigo forrado de pieles. “Estaba tan helado que tuve que comprármelo”, dijo después, antes de entrar en la reunión.
Muchos detalles de un vistazo, y el primer apunte del tipo de relación entre presidente y sucesor. La escena sirve para lanzar los siguientes párrafos en los que se introduce otro elemento para la caracterización: el contraste entre ambos, los parecidos y las diferencias:
Medvédev, de 42 años, y Putin, de 55, no están cómodos en su condición de bajitos, sobre todo cuando conversan con gente más alta que ellos, como saben los cámaras, que buscan el “enfoque correcto” para no incurrir en las iras del Kremlin. Aparte de esto y de cierto mimetismo de Medvédev, ambos son muy diferentes, comenzando por sus orígenes en Leningrado (hoy San Petersburgo), la ciudad natal de los dos. Si Putin se crió en una familia trabajadora y jugando en pandilla por los viejos patios del centro, Medvédev lo hizo en un hogar de intelectuales (el padre era profesor de matemáticas, y la madre, de ruso) que en 1968 recibieron un piso de 40 metros cuadrados en Kupchino, un barrio dormitorio considerado hoy como uno de los más xenófobos de San Petersburgo.
El esquema se repite más adelante:
De niño, a Putin le gustaban las películas sobre espías soviéticos y los cuentos populares rusos. Medvédev ha dicho que su libro favorito fue Los hijos del capitán Grant, de Julio Verne.
(…)
Comparado con Putin, Medvédev es más envarado y, aunque ha mejorado mucho, le cuesta conectar con el ciudadano de a pie y ser persuasivo.
Medvédev llega al poder a la sombra de Putin. Y sobre la sombra de Putin se le puede perfilar.
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